
Muchas gracias a todos por participar en nuestro primer concurso de relatos.
Sin duda, todo los textos que nos han llegado son de una indudable calidad pero
el que mayor número de votos ha recibido ha sido "Rutinas". Sin más dilación os
presentamos el relato ganador, os esperamos en próximos concursos.
Recuerdo que en las mañanas de aquellos veranos siempre bajaba la
enorme cuesta que recorría el camino desde mi casa hasta la playa.
Una vez allí, si era temprano aún y no había nadie, me desnudaba por
completo y sentía cómo las olas del mar se bañaban en mí. Era una
sensación que me llenaba. Me refrescaba por completo y me salaba el alma.
Mis cabellos se revolvían en una mezcla de agua marina, arena y viento.
Mis ojos, casi espontáneamente, se cerraban para poder zambullirme y
aguantar la respiración. Cuando era más tarde, las muchachas más
madrugadoras habían llegado antes que yo para alcanzar los primeros rayos
de sol, así que dejaba mi toalla en una roca y me bañaba con unas bermudas o lo
que tuviese puesto. Después del chapuzón, me sentaba casi a escondidas, para ver
como aquellas diosas de la arena se tumbaban para tostar su piel, al igual que las
chicas de las revistas. Me gustaba observar aquellos cuerpos sudorosos y ese
ritual tan curioso que suponía untarse muchísimos potingues y conseguir que no se
les pegara ni un solo grano de arena. Era realmente fascinante. Después de la
sesión de playa volvía a la casa de mis padres. El camino lo hacía en una carrera
cuesta arriba de casi diez minutos que ni siquiera me alteraba la respiración.
Allí, me revolcaba con los perros en el jardín y después me lavaba con la
manguera de agua helada mientras les amenazaba con mojarles.
Recuerdo todo aquello y no comprendo por qué a pesar de que me hacía sonreír,
no me hacía feliz. ¿Simplemente porque una chica de cuyo nombre no me acuerdo
no quería estar conmigo? Puede ser. Pero por mucho que lo pienso sigo sin
comprenderlo.No lo viviría con tan poca intensidad si pudiera repetir todo aquello
sabiendo lo que sé ahora: que nada dura para siempre. Con 92 años y una enfermedad
terminal, ni siquiera puedo tener estos recuerdos a solas en la intimidad de un baño
que no es mío. El agua estancada me moja el cuerpo pero no lo siento. Por eso, recuerdo
ahora lo mejor de mi vida, que fue sin duda, la rutina de mi juventud.
